Aprende uno a quererlo, después de un tiempo, a extrañarlo cuando no lo tiene uno a mano y es que con la mala leche que se carga y las novelitas que se leen de un sentón pues se vuelve vicio. El mismo que tenía mi papá con La Novela Policiaca, no confundir con la Novela Sentimental que era la de mi abuela, pero yo me fletaba las dos que salían semanalmente, para el caso daban lo mismo, lo que se buscaba era olvidarse de las penurias que te envolvían. El asunto es que Paco Ignacio Taibo II ya se parece a Marcial Lafuente Estefanía, ese que sacaba novelitas de vaqueros de a 3 por semana o Louis Lamour para los que leen en inglés que sacaba libros de vaqueros hasta para aventar para arriba. No es que le falte calidad, la tiene de sobra, pero la prisa por trabajar los libros hace que sea muy dispareja la producción y algunas francamente como diría el gran filósofo Mario Moreno “Cantinflas” pos nomás no. El caso es que después de leer Algunas Nubes (Joaquín Mortiz, 1993, 125 pp) pues queda ese pequeño resquemor de que le conocemos mejores cosas al Taibo, la novela es un pequeño ejercicio detectivesco, como las que se escriben para calentar motores ante de un buen libro. De la serie de Héctor Belascoarán Shayne, ese ingeniero retirado metido a detective, quien se encuentra descansando en Sinaloa, específicamente en Puerto Guayaba por si se preguntaban exactamente dónde y hasta allí llega a buscarlo su hermana para proponerle un nuevo y sorprendente caso, que dejaría triste hasta a Doña Agatha Christie, de lo enredado que está. Las aventuras se ven muy sobadas ya y lo único interesante aquí es el fascinante juego muy surrealista de que el detective le pide ayuda al propio Taibo para resolver el caso, describiéndose tal cual es en realidad y ayudando en lo que puede, aunque al final deba pagar con su propia vida el haber incursionado en sus mismos libros muy a lo Hitchcock. Hasta donde se sabe es uno de los libros de mayor éxito de este escritor, incluso filmada como película, pero la verdad es que la trama no levanta del suelo y no llega a las alturas de Días de Combate, La vida Misma y otras de detectives que le conocemos. La descripción de la vida gansteril de la ciudad de México se parece mucho a las películas de Juan Orol, con rufianes acartonados que fallan a la hora de la hora y una policía incapaz e inútil, una constante en la literatura de Taibo. No he visto la película ni sé dónde se filmó pero con tanto buen libro de este autor para que venir a caer en esto, me gustó la descripción de una ciudad de México en plena crisis de principios de los 80 como a mí me tocó vivirla. Señores no perdamos mas tiempo porque queda mucho por leer, así que los veo la próxima semana
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Voces del norte
Agosto 25, 2006Por años le he estado pidiendo a mi amigo Rafael Valdez Aguilar el que se ponga a hacer un poco de entretenimiento con la historia del noroeste. El que llene los huecos que como queso gruyere conforman lo que conocemos como “historia oficial” . Unos porque no sabían escribir y otros porque estaban ocupados “apaciguando” indios el caso es que hace falta historia documental sobre la conquista de este territorio agreste plagado de acaxees que veían a los españoles y a sus caballos como niño que ve una bolsa de papas fritas: con cara de hambre. Deben de existir historias maravillosas sobre ese pasado tan reciente: de amor, lo mismo que de guerra, cuentos para niños y algunas historias que seguramente “pararían lo s pelos de punta” de cualquier sicario que se respete por lo violentas. Y sin embargo a ningún historiador le ha dado por contarlas, tiene que venir un becario profesional como César Ibarra a hacerlo, inventando ahí donde hacía falta (que es la mas de las veces) y poniendo historia ahí donde se sabe de seguro. César trabajó algunos años en Difocur y se dio cuenta que teníamos ganas de escuchar otras historias que las de “cholos” que pululan por su primera producción. Esas ya fueron exploradas por su maestro Elmer y por su contemporáneo Leonides ( o Leónidas o como se llame esta semana) esos personajes del Culiacán de los setentas y ochentas que todos conocimos y todos usamos para asustar a algún júnior que nos quitara una novia: “vas a ver, te voy a echar a mis amigos de la Rosales” como grito para que el sujeto anduviera con precaución unos días. Pero aún de esa época no se ha escrito la obra definitiva, aunque pensándola bien a Sinaloa le hacen falta historias definitivas de todo: la gran novela del narcotráfico, la gran novela del Odilón, la gran novela de los migrantes de Oaxaca, etc. De tal manera que nuestro amigo Ibarra se apunta para escribir la gran novela de la conquista del noroeste del país y no lo consigue, pero en el camino se divierte y nos hace pasar a nosotros un rato agradable leyéndola. El resultado es un libro que maneja un buen lenguaje, un lenguaje creíble, hay que darle puntos extra por la tarea que se aventó el César al investigarlo, pero se parece su obra al mapa de Inglaterra de los años setenta: está lleno de caminos hermosos que no conducen a ningún lado. Promesas, sugerencias, “fintas” que indicaban tal vez la redención del texto y el desarrollo de alguna trama inusual que nos permitiera continuar embelesados con el florido lenguaje que maneja. Pero el texto discurre con normalidad, sin atrevimientos, al “mirón” lo decapitan abruptamente antes de que el libro tome un derrotero interesante y Flor de Agua se antoja muy Señorita México para ser cierta. Ayapín es impetuoso, pero no logra ser un personaje principal por mas que deambule por todas las páginas del libro. No fue personaje tampoco la ciudad de Culiacán, ni el eterno encono entre los conquistadores. Todo pasa muy deprisa y sugerido, pero la acción de guerra estuvo falta de ese golpe frontal que hubiera hecho rendirse a la ciudad. En fin, el caso es que me hubiera gustado que el literato hubiera prevalecido y el libro hubiera adquirido una dimensión extraordinaria, no terrenal, mas incorpórea, tal vez, mas tórrida o mas marcial, pero el libro terminó asi constreñido por los sellos que abundan por todas partes: Forca, Conaculta-Cecut, Difocur y otros mas que dado mi provecta y avanzada edad no alcanzo a distinguir mas que como “borrones” en la parte posterior. De tal manera que ése es el libro que salió de tan larga gestación y que intercala lo mismo texto propio como parte de la crónica de Gonzalo López. Un texto decente que seguramente será una estación en el camino ascendente de este escritor sinaloense. César nos muestra que como Elmer, ël también es un avaro coleccionista del lenguaje y que merced a eso nos dará mas textos para la eterna gloria de las letras sinaloenses y su panteón inmortal: Nakayama, El “Guacho” Félix, Mendoza, Alfaro, Aragón, Rodríguez, et al. De tal manera que mi César sígale escribiendo que esa historia maravillosa aun está por venir. Cruz del Norte (Forca, 2005, $120.00, 145 pp.)
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