Otra de abogados

Septiembre 30, 2006

Hace algo de tiempo ya que hubo un evento que causó malestar entre los artistas vernáculos de nuestro país. Esto fue mucho antes que apareciera en todo su esplendor VideoRola,. Un tiempo hermoso en el que el único juez acerca de lo que era buena música o no era un tal Raul Velasco con un programa de televisión llamado “Siempre en Domingo” que era un dictador en lo que a modas se refiere y a fin de cuentas nos decía a todos los que teníamos que oir cuando él no estuviera viéndonos. En esa melancólica y lejana época había, como hay ahora por supuesto, mucho cantante que no cesaban de acezarnos (me gustó la combinación, a ver si otro día la vuelvo a usar) con sus producciones discográficas. Rosenda Bernal, Vicente Fernández, etc. Y etc. Sin embargo un buen día resulta que una tal cantante norteamericana Linda Ronstadt en 1987 decide grabar un disco llamado “Canciones de mi Padre” que muestra que su gran voz que antes le sirviera para cantar canciones folk y pop en inglés ahora se quedó con un pedacito del escenario popular mexicano. Con una voz cristalina y un sentimiento genuino te ponía la “carne de gallina” cada vez que la escuchabas. Las reacciones no se hicieron esperar y hubo desde intentos de boicot hasta entrevistas airadas de personajes como Vicente Fernández en el citado programa televisado diciendo que ella no era una auténtica cantante ya que para ser cantante vernáculo debe uno de oler a estiércol de andar en los establos. Yo sinceramente no se que clase de desodorante usa el citado cantante pero por las dudas le aseguro que nunca iré a un concierto de él. Síntomas de un TLC que se acercaba y del tequila chino que están metiendo en los bares ahora (dicen que sabe igual). Esto es mas o menos lo mismo que debe de estar sucediendo en el pais vecino cuando un cantante decide brincarse las trancas y salirse de su género habitual. Algunos como Stephen King buscando la respetabilidad con su saga Torre Oscura y por supuesto el mejor vendedor de libros de todo el país vecino John Grisham buscando lo mismo, también inútilmente, con Una Casa Pintada, pero en el caso de mi autor fetiche Michael Connelly lo único que buscaba era divertirse en una cancha distinta a la de siempre, por lo que dejó descansar las novelas de detectives y se arrimó al fogón de las novelas de juzgados para susto mayúsculo de autores renombrados en este género como el citado Grisham y por supuesto David Baldacci que han hecho su fortuna escribiendo de eso y es que el nuevo libro de este escritor es tan bueno que parece que lleve toda la vida escribiendo sobre esos temas y en realidad como confiesa el autor fue sugerido porque en un juego de béisbol le tocó de compañero de butaca un abogado que le cayó muy bien con sus cuentos. Nos encontramos en los terrenos de un abogado que circula por la ciudad de Los Angeles a bordo de su Lincoln Town Car que compra de cuatro en cuatro nuevos y una vez que le aburren los vende a los servicios de limousina que abundan en California. Cuando de repente un caso sencillo en la que un millonario seguramente se ve envuelto en un caso de identidad equivocada por golpear a una mujer. Asunto sencillo que pronto explota en las manos del abogado hasta convertirse en el gran caso del momento y uno que le hará cuestionarse seriamente su compromiso con la abogacía y la difícil tarea de defender a un inocente de verdad en un medio cruel, demoledor y brutal que es el sistema de justicia norteamericano. Connelly maneja como un verdadero mago las objeciones de la defensa y los ataques del fiscal para darnos un paseo que se mueve mas rápido que el poderoso motor de ocho cilindros de los carros del abogado. Y no crea que al final el abogado renuncia para ayudar a los pobres, esas tonterías sentimentales solo se aplican a novatos y melodramáticos autores como Grisham. The Lincoln Lawyer (Warner Books, 2006, $12.00USD, 516 pp.)

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