A un Premio Nobel siempre hay que leerlo porque algo se te pega. Algo aprendes de los ejemplos de prosa y como van evolucionando a través de los tiempos. Claro que no todos han sido novelistas, algunos han sido poetas, dramaturgos, algún ensayista y el caso único, creo yo, de un historiador. Pero los que sigo son por supuesto a los novelistas. No soy un gran fanático del teatro solamente el que hace el TATUAS y sólo cuando sale Polidor, si no, no. De la poesía sólo el “Brindis del Bohemio” que escucho ocasionalmente y los resúmenes que me hace mi dilecto amigo el Paco Alcaraz y la historia, aunque soy un gran seguidor y estudioso de ella no la sigo con la regularidad que debería. De tal manera que sigo leyendo novela y como les decía renglones mas arriba a algunos Premios Nobel aunque pequen de pesados y aburridos como uno muy reciente de Portugal a quien endiosan y a mí en lo particular no me divierte, siento que hay mas vida y entretenimiento en la Sección Amarilla, sobretodo ahora que trae cupones recortables, que en sus libros. Ahora en esta semana me enfrento a uno que ya había engalanado esta de por sí ya festiva columna y es el caso del yugoslavo Ivo Andric de quien ya habíamos comentado su excelente Un Puente sobre el Drina que me causó una impresión que aun no se disuelve a tres años de distancia y novela que merece ser mas conocida entre nuestra comunidad por la manera de relatar una historia envuelta en tiempos tan aciagos como los que le sobrevienen a un pequeño puente primero de madera y luego de piedra que al estar sobre un paso importante comunica a Asia menor con Europa y al sur con el norte de esas mismas regiones. Una obra importante que merecería ser estudiada por cualquiera que desee aprender la narración desde el punto de vista de un objeto inanimado e incapaz de influir sobre los acontecimientos que observa impasible y firme en su sitio. Uno de mis libros favoritos de los últimos tiempos seguramente y merced a eso le tomé prestado a un amigo (gracias Paco) su otra novela de relieve y es la quiero comentarles esta semana. El libro es otra crónica aunque el alcance es mucho menor ya que solo cubre siete años en un punto muy específico de la historia y es el de principios del Siglo XIX y cuando Napoleón se encuentra en el cenit de su larga carrera marcial que lo cubrió de gloria mundial y para lo que requirió distintos cónsules en diferentes partes del mundo que eran necesarias para mantener engrasados los ejes del comercio que florecía al necesitar los mismos ejércitos de todo lo requerido para la buena marcha de los mismos: algodón, trigo, especias, todo pasaba por ahí y para eso debía de nombrar embajadores y cónsules que supieran interpretar las maneras secretas y enigmáticas de los visires, beys, Padishas y diferentes personalidades que al ser tantas terminaron hundiendo el imperio otomano a fuerza de burocracia y reglas que en muchas ocasiones eran contrarias unas a otras. En ese entorno es donde se establece en una pequeña población llamada Travnik primero un embajador francés y su familia y pronto le sigue los pasos el embajador austriaco para estar al pendiente de todo lo que se hace en esa población fronteriza. Una narración que de ninguna manera está a la altura del primer libro mencionado de este autor, dado que nos hace caer en un mar de datos menores y meticulosos que no nos dicen nada a fuerza de decirnos todo. Desde lo que gustaba de comer hasta lo que se tomaba y la clase de plantas que tenían en el jardín, la manera en la que los cuatro doctores del pueblo habían llegado ahí, lo cual no contribuye de ninguna manera a la narración y nos carga un capítulo completo de información inútil. De tal suerte que como documento histórico tiene algún valor documental ya que el estilo es sumamente primitivo y me recuerda en ocasiones a la prosa lenta y sinsentido de Jakob Wassermann y por supuesto a la del otro Premio Nobel que ya mencionamos. Si dispone de tiempo por ser usted jubilado o porque está enfermo y le obligaron a guardar reposo entonces y solo entonces busque esta novela que le llevará a tiempos remotos donde las cosas discurrían de manera tranquila, donde en lugar de buscar que un Tribunal decidiera el futuro de una nación había hombres que mejor armaban un ejército para invadir algun otro país mientras esperaban resultados. Crónica de Travnik (Debate, 2001, $220.00, 475 pp.)