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A manera de tributo

Noviembre 20, 2006

En un universo de posibilidades infinitas, hay cosas que podrían quedar sin hacer, actividades sin concluir y acontecimientos que tal vez no sucedan nunca, pero el destino siempre nos tiene reservada sorpresas y gracias a eso podemos hoy dedicarnos a revisar la obra de la recientemente fallecida Elena Garro, quien al haber estado casada con Octavio Paz dice que la empujó a escribir lo que quizás es una de las cumbres de la literatura mexicana del Siglo XX. Así es, Los Recuerdos del Porvenir (Joaquín Mortiz, 1985, 295 pp) es la novela que Paz pidió a su entonces mujer que escribiera. El título de la misma está basado en una carta de Isabel Moncada una protagonista que deja ese legado para que sus descendientes la lean. En la vida real era el nombre de una pulquería en la Cd. De México y nos da cuenta de la sabiduría popular tan esotérica y tan surrealista que sólo los borrachos entienden. Otro sería el sorprendente: Mi Vida es Otra. Inscrita dentro del género del realismo fantástico, ese género que fue cultivado por plumas como la de García Márquez en Colombia y Gunter Grass en Alemania, pero aquí precursores como Garro y Rulfo dieron rienda suelta a la imaginación de esos universos paralelos, que no necesariamente siguen nuestras leyes físicas o químicas. Poseedora de un lenguaje onírico, poético como sólo una mujer puede expresarse, Garro provenía de unos padres disfuncionales, de ahí su tendencia a explicar el mundo de esa manera alterna a la realidad circundante. Jugando al escapismo como una necesidad primordial, escribir antes de volverse loco. La función de esta novela es la servir de guía de los años tan azarosos que significaron para el país los de la guerra cristera, cuando el viejo orden del México de Porfirio Díaz se enfrentaba al modernismo de Calles. Situada en un pueblo en la sierra sureña, Ixtepec donde el tiempo transcurre muy lentamente y relatado en primera persona por el pueblo mismo, vamos poco a poco conociendo a sus habitantes, sus latifundistas, sus campesinos pobres y sus pobladores que dan vida a un drama en dos actos, resuelto mediante la poesía y el abandono. Ixtepec como centro del universo, como el poste de los voladores de Papantla es al fin una metáfora de nosotros mismos y nuestro temor a enfrentarnos a lo desconocido, a todo lo nuevo que representa el mundo exterior. Instalados en nuestra modorra de todos los días muy a la Angel Exterminador de Buñuel. La obra marca junto con Pedro Páramo de Rulfo un hito en nuestra literatura que 35 años después no ha podido ser repetido en nuestras letras. Creadora vital y en perfecto dominio de sus facultades Garro gracias a Los Recuerdos del Porvenir entró en el Olimpo de los escritores mexicanos por su derecho de mujer y no necesariamente que sabe latín, alcanzando alturas que ya no serían alcanzadas con sus nuevas obras, pero cuyo legado aún podemos saborear como precursora de ese puñado de voces femeninas mexicanas que han aparecido los últimos 20 años: Mastretta, Boullosa, Loaeza, et al. Profetas del nuevo siglo femenino que vendrá muy pronto.