Cuando me refiero al “Premio” por supuesto que me refiero al Alfaguara, ya que otros como el Océano no han logrado ganar respetabilidad a pesar del montón de dólares que le han invertido al mismo y del Nóbel mejor ni hablar, ya que con Pinter y Jelinek no le dieron gusto a nadie excepto a algunos cuantos por lo oscuro de los mensajes que emiten y que muy pocas “antenas” captan, para cuando esta columna salga a la luz pública ya sabremos con seguridad el nombre del próximo ganador y espero que sea Pamuk porque al igual que Coetzee fue un autor que leí antes de que llegaran las traducciones al español a éste lado del Atlántico y me fascinaron. El sudafricano por su parquedad rulfiana encajando sentimientos a base de gestos y giros en la trama y Pamuk por lo luminoso de su prosa y sus exploraciones sobre el lenguaje y sobre esa Turquía que ya se fue desde la época de Ataturk y a la que se mira con respeto aun en otras culturas del mundo. Ojalá. Pero vamos a seguir hablando ahora de la novela ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2006 y que correspondió ahora a un peruano (ése no, otro), que no es un desconocido en el medio, sino que a pesar de su juventud ya ha escrito libros que han llamado la atención en el mundo de habla hispana. Así es, Santiago Roncagliolo ha propuesto antes de ésta novela otras dos llamadas El Príncipe de los Caimanes y Pudor. Esta última es la que lo hizo famoso y hasta va a ser llevada al cine muy pronto. Pero ahora vamos a enfocarnos en ese Perú que existe y no, ése Perú que le dio al mundo al Camarada Gonzalo y a su maoísta Sendero Luminoso que ahora ha cambiado su centro de operaciones a Nepal, pero que en los noventas creó un caos tal que sus secuelas aun ahora son vislumbradas en los cables que recibimos de las agencias internacionales procedentes de esa zona. Es ahí en ese entorno cuando en Ayacucho comienzan a suceder hechos que son de la atención del héroe improbable de ésta obra el Fiscal Distrital Adjunto Félix Chacaltana Saldívar quien a base de actas y cuestionarios legales pretende resolver uno de los misterios mas grandes creados seguramente por las mentes mas crueles y retorcidas que se han producido en Latinoamérica. Cuándo tienes un problema de cadáveres apareciendo por todos lados en medio de la Semana Santa ¿a quién llamarías para resolverlo? En este particular caso es un burócrata el que salva el orden público, pero no se crea que es cualquier burócrata. Chacaltana Saldívar es el super-burócrata que nunca hará nada que se aparte del código y que poco a poco comprenderá que la vida moderna es tan compleja que ni en el Código de Hammurabi pudieron haberlo previsto. Sin embargo la implausibilidad de nuestro héroe se vuelve plausible cuando el lector comprende que aun en medio de desgracias inmensas la mejor manera de ponerse de pie es exactamente el poner orden poco a poco en la situación. Ante un cáncer terminal no queda mas que acomodar el cajón de los calcetines para que nuestra mente se ajuste paulatinamente al caos reinante. De tal suerte que necesitaremos enviar un equipo de estos super-burócratas a negociar a Oaxaca y seguramente en nombre de Dios lo resolverán en una semana. Lo importante en todo esto es que es seguramente la mejor novela que he leído este año (Irad dixit too) y que nos enjuaga en cierta medida el mal sabor de boca que nos dejó la obra ganadora de ése premio el año pasado ( no pienso recordársela), y que se refiere también al poder que exploraba Tomás Eloy Martínez en El Vuelo de la Reina, pero si me lo pregunta yo me sigo quedando con Delirio de Laura Restrepo. A fin de cuentas es mujer, colombiana y su libro es una delicia, aunque pensándola bien tal vez me guste mas éste, déjeme mejor meditar sobre esto una semana mas. Por lo pronto busque Abril Rojo (Alfaguara, 2006, $225.00, 328.pp)